domingo, 20 de abril de 2014

Capitulo 7.

LA DESCENTRALIZACIÓN Y EL MODELO DE LOS SILOS
(1986 – 1993)

·         Reforma del Estado por la vía de la descentralización
·         El impulso de la APS en medio del ajuste
·         Proyecto de consolidación del SNS y Ley 10 de 1990
·         Los SILOS de la OPS en el marco de la descentralización
·         Una coyuntura de favorables confluencias
·         Descentralización y control de enfermedades.

Históricamente el modelo  de desarrollo implementado en Colombia había funcionado alrededor de un estado fuertemente centralizado. En las últimas décadas se presentaron situaciones de crisis económica, política y social lo cual es considerado como un factor que  explica el impulso que se dio a las medidas de descentralización del país, no obstante  incluyo un factor externo y es que estas reformas hicieron parte de una tendencia internacional.

Si bien, se iniciaron políticas de descentralización mucho antes, en los años ochenta se fortaleció el recaudo de impuesto a nivel local, se reasignaron funciones que antes cumplía el gobierno nacional, se incrementaron la transferencia hacia las entidades territoriales como el del IVA y se aprobó la elección popular de los alcaldes.
Durante el segundo lustro de los años ochenta, se inició una transformación que todavía no termina y que se refiere a la reforma del Estado por la vía de la descentralización política, administrativa y fiscal.
El resultado de un proceso complejo que merece atención especial, porque tuvo efectos muy importantes para la organización del sistema de salud colombiano y afectó todos los frentes de la cooperación técnica en salud desarrollada por la OPS. Uno de los más importantes efectos fue el ambiente propicio que implicó la descentralización para el desarrollo de una decisión adoptada por la OPS en 1988 para el logro de las metas de SPT-2000 y la mejor implantación de la atención primaria desde una perspectiva sistémica. Tal era el modelo de los Sistemas Locales de Salud (SILOS), que en Colombia se incorporó con mucha fluidez, sobre el camino abierto por experiencias nacionales.
Al mismo tiempo, aparecían en el panorama internacional las primeras formulaciones del BM en materia de política de financiamiento de los sistemas de salud, que se incorporaron en los escenarios de debate nacional de varios países como parte de lo que se llamó “reformas sanitarias”. En Colombia, al comenzar la década del 90, un proceso adicional aportó sus propios elementos. Éste fue la promulgación de una nueva Constitución Política en 1991, que se convirtió en punto de partida para una reforma estructural del SNS y para constituir un Sistema General de Seguridad Social en Salud, en el marco de un Sistema de Seguridad Social más amplio. Dicha reforma se definió por la Ley 100 de 1993. La descentralización del sector salud parecía correr por canales diferentes, pero simultáneos, respecto de aquellos por los que transitaba la reforma a la seguridad social, y es necesario detenerse un tanto en los dos procesos para examinar con algún detalle los rasgos específicos de cada uno. Por esta razón, en este capítulo se hará énfasis en el primero, el de la reforma del SNS en el marco del proceso de descentralización, mientras en el capítulo 8 se profundizará en el segundo, la constitución del Sistema de Seguridad Social.
1986 se define la descentralización como un proceso  administrativo para mejorar la eficiencia en la organización del estado y como un proceso político que busca una repartición territorial de las responsabilidades evidentemente respetando las grandes direcciones del estado.

Reforma del Estado por la vía de la descentralización

Para entender los antecedentes de la descentralización del Estado colombiano es necesario retroceder un poco. Durante los años ochenta confluyeron varios procesos en los ámbitos internacional y nacional que significaron cambios profundos en la estructura del Estado y de la sociedad colombiana en su conjunto. En el contexto internacional, puede decirse, siguiendo a Hobsbawm, que “hasta la década de los ochenta no se vio con claridad hasta qué punto estaban minados los cimientos de la edad de oro” (Hobsbawm, 1996: 403). Las presiones financieras sobre los controles estatales continuaron y se profundizaron, buscando fortalecer la globalización económica. El sector terciario de las economías, representado por los servicios, en especial de las telecomunicaciones y del sector financiero, se convirtió en el propulsor de la economía global, a lo que se denominó “proceso de terciarización”. De otra parte, las fluctuaciones del mercado financiero, cada vez más inmanejables, sirvieron de base para el florecimiento de viejas críticas “ultraliberales” a los Estados de Bienestar, y se produjeron las primeras experiencias de gobierno con lineamientos de la propuesta neoliberal en dos países centrales: Estados Unidos, con Ronald Reagan, e Inglaterra, con Margaret Thatcher.
Si bien las ideas eran tomadas de los planteamientos de economistas como Friedrich von Hayek y Milton Friedman, ambos premiados con el Nobel de Economía a mediados de los setenta, en esos gobiernos las decisiones no fueron neoliberales del todo, aunque inauguraron un estilo neoliberal de gobierno en planos que iban más allá de la economía. De hecho, no ha habido en el mundo un solo gobierno totalmente neoliberal, en el sentido de negar radicalmente la intervención del Estado en la economía o en la política social. Por el contrario, las variantes y mezclas entre formas de liberación e intervención parecían la regla. Lo único visiblemente similar en las economías centrales fue un aumento del crecimiento económico, la flexibilización de los controles, acompañado de fluctuaciones críticas coyunturales cada vez más profundas, el aumento progresivo del desempleo y, lo más preocupante, la ampliación de las desigualdades entre ricos y pobres (Hobsbawm, 1996: 403-415).
La década del 80 comenzó con una de las peores crisis económicas para el país, aunque  fue menor que en otros países de la región. La caída de los precios del café, el deterioro progresivo de la balanza comercial y la crisis financiera, sin mayores recursos e instrumentos para la recuperación, condujeron a una fase de incertidumbre profunda. El crecimiento del PIB en 1982 sólo llegó al 0,9% y la deuda externa aumentó en 4.100 millones de dólares entre 1980 y 1982 (Ocampo et al, 1994: 271); en 1984 la deuda bordeaba los 11.000 millones (Junguito, 1985: 21). El gobierno de Belisario Betancur (1982-1986) decidió entonces, acudir al FMI, con el recién posesionado Ministro de Hacienda, Roberto Junguito. Al regreso de su visita a los organismos financieros multilaterales, el ministro Junguito le informaba al presidente: La principal conclusión que se obtuvo en las reuniones de Washington es la urgencia de que el país adopte medidas que impliquen ajustes lo suficientemente amplios, en el campo fiscal y el ordenamiento monetario, como para evitar la total erosión de las reservas internacionales, a comienzos de 1985, un desbordamiento monetario y una inflación descontrolada. Tanto el Banco Mundial como el FMI y el Federal Reserve insistieron en la necesidad de adoptar estas medidas en el curso de las próximas semanas (Junguito, 1985: 25).
El plan de ajuste se realizó y, en principio, detuvo el deterioro del sector externo y amainó la crisis fiscal y financiera. Pero el desempleo se mantuvo en 14%, el subempleo aumentó y la deuda externa creció a 13.400 millones de dólares al terminar el periodo presidencial de Belisario Betancur (Ocampo et al, 1994: 272).
En el marco de este plan de ajuste, un componente más vendría a apoyar los propósitos de disminución del gasto público central y de disminución del déficit fiscal. Este era el proceso de descentralización política, administrativa y fiscal hacia los municipios.

El impulso de la APS en medio del ajuste

Si bien la crisis fiscal comenzaba a afectar la disponibilidad de recursos en salud, la idea de garantizar los servicios básicos de salud para toda la población se vio fortalecida. Se hacía necesario profundizar la APS por medio de programas de alto impacto y bajo costo, combinando recursos públicos, privados y de cooperación internacional. En el segundo quinquenio de los años ochenta, esta estrategia produjo resultados importantes en el terreno de la atención de poblaciones prioritarias, en especial del área materna infantil, y en el control de enfermedades prioritarias.
El Programa Materno Infantil y Dinámica de Población (PMIDP), producto de la articulación entre la atención de la madre y el niño y la política de control de población, se vio seriamente estancado hacia 1983, después de un comienzo exitoso -como se mencionó- registrado al finalizar la década anterior. Por esta razón, en febrero de 1984 se estableció una Comisión Asesora para evaluar el programa y definir estrategias de fortalecimiento. La Comisión estableció un criterio desde el cual se debía reorientar el programa: “Entendida en su sentido más profundo –afirmaba la Comisión- la planificación familiar lleva consigo una acción real de gobierno y comunidad en pro del bienestar del individuo y la familia y presupone la coordinación de esfuerzos y programas de salud, especialmente en las áreas de asistencia al individuo en edad reproductiva, a la madre y al niño” (citado en Colombia MS/DAM/DMIDP, 1985: 6).
el proyecto de cooperación internacional fue evaluado por una misión técnica, conformada por los doctores Duncan Pedersen, por OPS/OMS, Roberto Belmar, por UNFPA y el señor King Morgan, auditor de OPS. La misión trabajó entre el 30 de julio y el 11 de agosto de 1984 y encontró el incumplimiento de metas importantes en las tres áreas del programa, esto es, salud materna, salud infantil y planificación familiar. Había problemas en el liderazgo de la Dirección del programa en el Ministerio de Salud, pero también en el seguimiento técnico y administrativo por parte de OPS, y en el desempeño de los servicios seccionales, en especial, los más precarios administrativamente y más necesitados del apoyo del nivel central (Colombia MS/DAM/DMIDP, 1985: 28-31).
Este diagnóstico originó una reorientación y recomposición del programa que implicaba la articulación a una política de salud más amplia. Y no otra cosa era el impulso de la APS, en el marco de la conciencia progresiva de la escasez de recursos en un contexto de ajuste fiscal y de problemas crecientes.
El Plan, denominado poco después como “Plan Nacional para la Supervivencia y el Desarrollo Infantil” (PNSDI), se concentró en los niños menores de cinco años, por medio de acciones orientadas a prevenir y atender oportunamente sus principales problemas de salud. De allí que las áreas de acción fueran mortalidad perinatal, enfermedad diarréica aguda-EDA, infección respiratoria aguda-IRA, enfermedades inmunoprevenibles, malnutrición y deprivación psicoafectiva. Las estrategias del Plan eran la canalización ampliada, la focalización con base en el criterio de “riesgo epidemiológico” de las poblaciones objetivo, movilización social amplia, medios masivos de comunicación, y medios innovativos de educación interpersonal. La participación comunitaria y el uso de “tecnologías apropiadas” vendrían a complementar las estrategias centrales. En este marco, se adelantó uno de los programas más publicitados en el ámbito internacional denominado “Vigías de la Salud”. Estos personajes eran estudiantes de los últimos dos años de educación secundaria quienes se capacitaron para ejercer una labor educativa en las familias de mayor riesgo sobre los componentes centrales del Plan, con base en una fuerte articulación entre los ministerios de salud y educación (Colombia MS, 1986a: 3-6).
El Plan y la política de fortalecimiento de la APS prosiguió en el gobierno del ingeniero liberal Virgilio Barco (1986-1990), de manera que tanto el área materno infantil como la cooperación técnica de OPS se vieron fortalecidas. Además de la atención materno infantil y de la planificación familiar se comenzó a hablar de “salud reproductiva” (Colombia MS/DAM/DMIDP, 1988: 13-20), incluso antes de que el término fuera utilizado por OPS/OMS como parte de su política de población (OPS/OMS, 1993: 1). En particular, el proyecto de cooperación técnica UNFPA-OPS/OMS se renovó para el período 1989-1991, con un énfasis particular: dado el proceso de urbanización del país, el programa se enfocaría a la población urbano marginal de las seis ciudades más grandes del país y sus municipios satélites, donde se encontraba cerca de 40% de la población colombiana (Colombia MS/UNFPA/OPS/OMS, 1989: 11).
En estas condiciones, la APS adquiría un lugar preponderante como eje de la política de salud, dadas las precarias condiciones económicas del país para afrontar los profundos problemas de salud de una población agobiada por la pobreza, el conflicto armado y la reciente lucha contra el narcotráfico.


El ajuste y la descentralización tuvieron efectos sobre la estructura de las políticas sociales en conjunto y no sólo de la de salud. El gobierno de Virgilio Barco Vargas avanzó un tanto en la democratización del sistema político por medio del esquema partido de gobierno—oposición y la búsqueda de la incorporación de la insurgencia al juego político legal, proceso que había iniciado Belisario Betancur en el periodo anterior  (Ossa Escobar, 1989 [1987]: 58-61). En principio, el presidente Barco logró parcialmente el objetivo: el Frente Nacional tuvo su golpe mortal, pero la guerrilla no se incorporó en su totalidad (Hartlyn, 1993: 15-17). Entre tanto, el narcotráfico pasó de ser un elemento pintoresco y útil del paisaje social a constituirse en un enemigo mortal e invisible. En este contexto, la descentralización de la salud, entre otros sectores similares, se convirtió en una prioridad, en razón de su posible aporte en dos frentes: el de la legitimidad y el del ajuste fiscal y financiero. El gobierno planteó en su Plan de Desarrollo la meta de satisfacer las “necesidades básicas” de la población en salud, por medio del programa de “Salud Básica para Todos”. El Plan afirmaba que “la atención en salud es un derecho fundamental de la población, considerado como una prolongación de su derecho a la vida”; pero la cobertura universal se entendía como el acceso a “servicios básicos de salud”, que recordaban los del primer nivel de atención. Para lograr la cobertura universal de estos servicios se buscaría la familia como unidad de cobertura, con la participación de los tres subsectores del SNS, por la vía de la contratación entre ellos; además, se impulsaría el aseguramiento voluntario o privado para trabajadores independientes de ingresos medios, y se promovería la ampliación de la participación comunitaria. También, se incluyeron algunos programas complementarios que tenderían a fortalecer la prestación de servicios de segundo y tercer nivel para algunas enfermedades prioritarias como el cáncer y las del complejo cardio-cerebro-vascular. Como estrategia central de apoyo al programa de Salud Básica, el plan pretendía “modernizar la estructura, organización y funcionamiento del Sistema Nacional de Salud”, con especial énfasis en el objetivo de “descentralizar la prestación de servicios de salud a nivel local, por medio de la incorporación de los municipios al SNS” (Colombia, DNP, 1987: 81-88).
En este punto es necesario llamar la atención sobre las relaciones entre este proceso de descentralización de la salud en Colombia y la cooperación técnica internacional. Primero, cabe resaltar el hecho de que el proyecto de Consolidación fue financiado con recursos del BM, lo que implicaba una participación de funcionarios de ese organismo en la definición de los criterios centrales del proyecto. Por la misma época, el BM presentó a la comunidad internacional los resultados de un estudio comparado sobre la financiación de los servicios de salud y de educación de provisión estatal en diferentes países en desarrollo, dirigido por John Akin, Nancy Birdsall y David de Ferranti, investigadores del Departamento de Población, Salud y Nutrición del Banco (BM, 1987a: 695). Con el estudio, el BM entraba de lleno al campo de las políticas sociales, con la intención explícita de asumir directamente, sin la asesoría de los organismos especializados de Naciones Unidas como la OPS/OMS, el diseño de alternativas para mitigar los efectos sociales y políticos del ajuste en los países pobres. Del estudio resultó una propuesta del Banco sobre “el financiamiento de los servicios de salud de los países en desarrollo”, a la que denominó “Una agenda para la reforma”. La agenda utilizaba un enfoque económico neoclásico para la diferenciación entre bienes privados y bienes públicos en salud, con el fin de buscar una forma de financiamiento privado –en especial por la vía del aseguramiento— para los primeros y, de recursos públicos, para los segundos.

Entre tanto, la OPS y la OMS avanzaban por otro camino. La agenda para la reforma fue objeto de una “mesa redonda” publicada, junto con el documento de la agenda, en el Boletín de la OSP, en la que participaron líderes de la salud pública latinoamericana de la vieja guardia, como el ex director de OPS Abraham Horwitz y el ex ministro de salud colombiano Antonio Ordóñez Plaja, al tiempo que se expresaron los de la nueva salud pública, como el mexicano Julio Frenk, director del Instituto Nacional de Salud Pública, y David Tejada de Rivero, ex ministro de salud del Perú. Los dos primeros advertían sobre las dificultades que el nuevo enfoque tendría para dar cuenta tanto de los problemas como de las soluciones, mientras los demás avalaban el enfoque y felicitaban al Banco por su valioso aporte

Los SILOS de la OPS en el marco de la descentralización

Durante el segundo lustro de los años ochenta, la OPS venía concentrando sus esfuerzos de cooperación técnica en el “Plan de Acción para la Instrumentación de las Estrategias Regionales de Salud para Todos en el año 2000”, formulado en 1981, en el cual se contemplaban ciertas prioridades como la ampliación de la cobertura desde el primer nivel de atención, la participación de la comunidad y el énfasis en atención materno-infantil, enfermedades transmisibles, crónicas no transmisibles y atención del anciano, entre otras. Pero la ampliación de coberturas se veía cada vez más lejos, a medida que avanzaba la “década perdida”. De allí que se pensara que “esta situación no se podrá corregir sin una transformación de los sistemas nacionales de salud y para ello el Consejo Directivo recomendó en 1988 que los países desarrollaran y fortalecieran sus sistemas locales de salud” (OPS, 1992: 485), siguiendo el mandato de la Resolución XXI de la XXII Conferencia Sanitaria Panamericana de 1986. En esa oportunidad se consideró que éste era un instrumento adecuado para “lograr la participación social, la acción intersectorial, la efectiva descentralización, el control de las decisiones y el uso de métodos más efectivos de planificación y gestión en función de las necesidades de cada grupo de población” (OPS/OMS, 1988: 5) en las condiciones de la crisis económica y de la reducción de recursos.
En Colombia la cooperación técnica en este período se centró especialmente en apoyar la descentralización, que la OPS veía como un proceso que podría abrir paso a la autogestión municipal, con la claridad de que esta sería la vía de la reestructuración del SNS para mejorar en eficiencia, ampliar coberturas y reordenar el financiamiento del sector. Los primeros proyectos de cooperación se presentaron para apoyar los procesos de organización de los servicios de salud en las localidades de las ciudades de Cali y Medellín, en 1988 (Colombia, República de, 1988 y 1988a).
Como éstos, muchos proyectos de cooperación dirigidos a la promoción de la participación de la comunidad, el desarrollo de la gestión municipal en salud y el de los servicios de salud del nivel local, se articularon a través de la estrategia de los Sistemas Locales de Salud (SILOS). De acuerdo con OPS/OMS y la Secretaría de Salud Pública Municipal de Cali (1990), los SILOS constituyeron el programa más ambicioso y articulador de la cooperación técnica de la OPS, para la puesta en práctica de la estrategia de atención primaria y la descentralización de la salud Colombia. Este programa buscaba dar salida al poco éxito de la SPT-2000 y de la estrategia de APS, y al escaso desarrollo de la integración funcional del SNS en su versión centralizada, particularmente en lo que se refería a la universalización y acceso equitativo a los servicios básicos. Más aún, si se reconocía el impacto sobre la salud de la crisis económica de los ochenta, de los procesos de reestructuración económica y “modernización” del Estado, y los cambios demográficos de la urbanización y el envejecimiento de la población.
Si bien la descentralización, al permitir gran autonomía a los municipios, puede dislocar los nexos entre las decisiones centrales y las locales, lo que por supuesto es evitable, de lo que sí no debe caber duda es de que los elementos constitutivos del “sistema de salud” en el nivel local se podrán acoplar mejor; de suerte que las unidades de salud se deberían adecuar a las demandas de la localidad; hospitales-comunidad-municipio deben reestructurar sus relaciones de apoyo mutuo; los procesos de integración funcional entre la seguridad social y la previsión social, las cajas de compensación familiar y el sector oficial se harán realidad con mayor facilidad; inclusive es posible adelantar que la atención a las personas y al ambiente, al fin encuentren su pretendida articulación.
De hecho, cuando se sancionó la Ley 10 de 1990, existía una serie de experimentos de descentralización e integración de los servicios de salud y de fortalecimiento de la planeación local en varias regionales y seccionales del país, como Fusagasugá y Zipaquirá, en el departamento de Cundinamarca, y otros en los departamentos de Bolívar, Valle del Cauca y Caldas, todo lo cual desembocó en la creación de más de 14 SILOS en ciudades de aproximadamente siete departamentos del país (Antioquia, Atlántico, Bolívar, Caldas, Cundinamarca, Santander y Valle del Cauca) en un proceso que, en buena medida, contó con el apoyo técnico y financiero directo de la OPS. Así, por ejemplo, en el caso de Manizales (Caldas), se desarrolló un proyecto de cooperación técnica con la OPS en la formación de la Asociación de Servicios Básicos de Salud-ASBASALUD, que fue la forma que tomó el SILOS de esa ciudad. Pero tal vez la experiencia más significativa de los SILOS en Colombia, y de cooperación técnica de la OPS con este proceso, se desarrolló en la ciudad de Cali (Colombia MS, 1989: 55-58; Paganini, 1990).
También en los SILOS comenzó a trabajarse con el concepto de “promoción de la salud”, con un enfoque que partía “más de las necesidades de la gente que de las iniciativas de los planificadores”. Un ejemplo de un programa de este tipo fue el de “Violencia en Salud”, que surgió como producto de las alianzas entre OPS, comunidad y Universidad del Valle, para los distritos de Aguablanca y Ciudad Bolívar (Arias, 2002). En el mismo sentido, se desarrollaron los programas de Salud Escolar, que significaron un tránsito del enfoque tradicional de la atención materno—infantil hacia la promoción de la salud de los escolares (Vesga, 2002).

Una coyuntura de favorables confluencias

Los desarrollos de la salud en el escenario local vivieron un momento de expansión, como parte de la política nacional de salud, en una coyuntura que va de agosto de 1990 a agosto de 1993. En estos tres años confluyeron dos fenómenos muy particulares de la realidad nacional para el fortalecimiento del proyecto de cooperación entre OPS y el Estado colombiano. De un lado, la incorporación del grupo subversivo Movimiento 19 de Abril, M-19, a la vida política nacional; del otro, el paso de la perspectiva administrativa de los SILOS a la visión estratégica de la promoción de la salud y los municipios saludables en el seno de OPS.
desde el Ministerio de Salud, un lugar preponderante. En el momento en que se elaboró el Plan Nacional de Salud, en el marco del Plan de Desarrollo del gobierno de Gaviria, orientado por la apertura económica, el ministerio presentó como eje del plan la estrategia central “familia sana en ambiente sano”, concretada en  la “atención básica de salud y ambiente para la familia y la comunidad”. La estrategia central [UM1] del Plan era la participación de la comunidad, para construir una “cultura de la salud donde ésta, más que la enfermedad, constituya el fundamento de la política” (Colombia MS, ca.1990: 2 y 36). En diciembre de 1991, el ministro de salud Camilo González Posso, quien reemplazó al ministro Navarro cuando éste se lanzó como candidato a la Asamblea Nacional Constituyente, presentó en sus memorias el concepto de “cultura de la salud” en los siguientes términos:
Una cultura que se fundamenta en el valor de la vida humana y la convivencia solidaria; una cultura que reconozca la relación entre el bienestar de las personas, sus condiciones y estilos de vida y el equilibrio de los factores ambientales; que privilegie las acciones de fomento de la salud y prevención de las enfermedades; una cultura que promueva los procesos participativos como esencia de toda actividad relacionada con el bienestar de las poblaciones (Colombia MS, 1991a: 11).
En la carta de remisión del primer informe al presidente Gaviria, el ministro hizo explícita la relación entre este eje de la política de salud y los desarrollos internacionales liderados por OPS/OMS: “Los elementos aquí enunciados son el norte hacia el cual se mueven las formulaciones más avanzadas en materia de salud recogidas por la OMS y la OPS, desde la Conferencia de Alma Ata (1978), sobre atención primaria, hasta el Congreso Mundial de 1991, con sus formulaciones sobre las ciudades saludables y la promoción de la salud” (Colombia MS, 1991: s.p.). Este enfoque orientó el proceso de descentralización de la salud, hacia un modelo de articulación entre la salud y el desarrollo en el escenario local, con el programa que esta administración impulsó como “municipios saludables”, liderado por el viceministro, Carlos Agudelo Calderón (Colombia MS: 1991a: 11 y 74-76; Colombia MS/OPS, ca.1992). El esfuerzo de incorporación de la planeación local de la salud fue intenso y contó con la participación directa de la OPS (Colombia MS/OPS, 1992).
Por su parte, la XXIII Conferencia Sanitaria Panamericana de 1990 había adoptado para la Región el concepto y la estrategia de “Promoción de la Salud”. Este concepto había sido impulsado por la OMS, el Ministerio de Salud y Bienestar Social de Canadá y la Asociación Canadiense de Salud Pública, en la Primera Conferencia Internacional sobre Promoción de la Salud, celebrada en noviembre de 1986 en Otawa. Según la Carta de Otawa,
La promoción de la salud consiste en proporcionar a los pueblos los medios necesarios para mejorar su salud y ejercer mayor control sobre la misma. Para alcanzar un estado adecuado de bienestar físico, mental y social un individuo o grupo debe ser capaz de identificar y realizar sus aspiraciones, de satisfacer sus necesidades y de cambiar o adaptarse al medio ambiente (OPS/OMS, 1996: 367)
La Carta también planteó un conjunto de “condiciones y requisitos para la salud”, como “la paz, la educación, la vivienda, la alimentación, la renta, un ecosistema estable, la justicia social y la equidad” (OPS/OMS, 1996: 367-8). La OMS conformó un Grupo de Trabajo para la promoción de la salud y apoyó la realización de la conferencia de Adelaida, Australia, sobre “Políticas Públicas Saludables”, y la de Sundsvall sobre ambientes de apoyo para la Promoción de la Salud. Al presentar la nueva estrategia en Colombia, la doctora Helena Restrepo afirmaba que “la promoción de la salud, en último término, se refiere a la salud dentro de un amplio contexto social y ecológico como estrategia que permite buscar un mayor compromiso de todos para disminuir las desigualdades sociales y aumentar el nivel de bienestar colectivo” (Restrepo, 1992: 21). En la OPS, el Programa de Salud del Adulto se convirtió en Programa Regional de Promoción de la Salud en 1991, y se orientó hacia el desarrollo de la nueva estrategia en varios ámbitos de la labor sectorial e intersectorial para la salud.
Para cerrar este apartado puede decirse que en el contexto creado por la presencia del BM y otros organismos financieros internacionales en el campo de la salud, en el cual pretendían ejercer un liderazgo, empezaba a delinearse el problema de la financiación médica como uno de los temas fundamentales, si no el fundamental, como se señaló atrás. Pero también surgían otras variantes más comprensivas y menos economicistas. La breve experiencia colombiana en políticas de salud que se acaba de reseñar, generada a partir de una nueva fuerza política reintegrada al proceso democrático y a la gestión estatal con base en un proceso de paz, constituye un caso particular que trasciende incluso el campo de salud y que merece tenerse en cuenta. La OPS, que seguía avanzando en su propósito de hacer de la meta de SPT-2000 una realidad, encontró aquí, para el caso de Colombia, un buen aliado en una coyuntura de grandes transformaciones.

Descentralización y control de enfermedades

El programa de control de la malaria fue uno de los más afectados por la descentralización municipal, dadas sus dificultades para articularse a los servicios locales de salud. En la V Reunión de Directores de los SNEM y Directores Generales de Salud de las Américas, que se llevó a cabo en Bogotá entre el 1 y el 6 de junio de 1987, se insistió de nuevo en que la política de prevención y control debía basarse en un proceso de descentralización y complementación de las acciones y en la horizontalización del programa de control. Estos procesos se entendían como “coincidentes” con las políticas nacionales de enmarcar la lucha antimalárica dentro de la estrategia de APS (OPS, 1988: 14 y 161). Pero la APS podría tener varias acepciones, como ya se veía en diferentes países: bien como “nivel de atención” en el sistema de servicios, o como “programa” con objetivos precisos o como “estrategia” de transformación de las políticas públicas. De esta manera, el programa de control de la malaria hacía evidente algo que en otros terrenos no era tan claro: la APS tenía efectos diferentes, según la interpretación que se hiciera de ella (OPS, 1988: 44-45). El aspecto común parecía ser la importancia de la participación comunitaria, tanto para la APS como para el proceso de integración del control de la malaria a los servicios. Esta participación consistiría en el diagnóstico de la situación de salud, en la preparación de estrategias y en la planificación de acciones. También se consideró fundamental la coordinación con otras instituciones de salud públicas y privadas (OPS, 1988: 162).
En Colombia, el Departamento de Antioquia fue el primero que intentó diseñar e implantar, desde 1984, un programa de control de la malaria basado en la estrategia de atención primaria propuesta por la OMS. En dicho Departamento, que contaba con un 10% de su población viviendo en área hiperendémica malárica, el problema había estado tradicionalmente a cargo del SEM y el Servicio Seccional de Salud de Antioquia se limitaba solamente a tratar algunos casos complicados. El grado de desarrollo del Servicio había permitido un relativo éxito en el control de otros problemas de salud como las enfermedades diarréicas agudas, la malnutrición, las infecciones respiratorias agudas, la atención perinatal y las enfermedades inmunoprevenibles. Por ello, el Servicio se propuso diseñar el programa de control de la malaria basado en la APS, utilizando los recursos físicos y humanos existentes, y se hizo un diagnóstico de áreas endémicas sobre situación epidemiológica, recursos físicos, humanos y técnicos, coberturas y necesidades. Con base en ello se capacitó el personal superior, intermedio y primario (promotores rurales, voluntarios, auxiliares de enfermería), se dieron suministros, se creó un grupo coordinador en cada regional compuesto por un médico y un bacteriólogo, y se desarrolló una red de vigilancia epidemiológica, con unificación de esquemas terapéuticos. El resultado fue notable: se redujo la morbilidad, y disminuyeron los costos, los días de estancia en hospital, los egresos por esta causa, y las pérdidas sociales, tales como incapacidades laborales y pérdidas económicas.
Para evitar la fragmentación, la reunión insistió en la necesidad de mantener una infraestructura de nivel superior encargada de la planificación, la vigilancia y la evaluación de todas las actividades antimaláricas, de la capacitación de personal de salud a nivel intermedio, de la vigilancia de la sensibilidad a los medicamentos e insecticidas, y de la ejecución de estudios epidemiológicos y entomológicos especiales. Pero los asistentes a la reunión eran conscientes de que el éxito del programa en Antioquia era excepcional y que la descentralización sería un proceso largo que implicaría una fase de transición, basada en el mantenimiento de la verticalidad tradicional de la lucha antimalárica.
En el caso colombiano, el SEM venía reclamando la recuperación de la autonomía para nombrar su planta, pues la centralización del SNS no le permitía participar en la selección del personal. Además, el reiterado atraso en el pago de salarios y prestaciones a los empleados del SEM, produjo un progresivo malestar entre los trabajadores que se sumaba a la baja remuneración, que se expresó en un aumento de la sindicalización y de los eventos de protesta y huelga. Por el deseo de los jefes de zona de “restablecer la disciplina”, se presentaban conflictos que, con frecuencia, los directores señalaban como un deterioro del respeto a las jerarquías de la entidad, originado en la “inusitada” fuerza que los sindicalistas habían conseguido.
La integración con los servicios fue relativamente fluida y la estrategia de involucrar a la comunidad en todo el proceso, incluso en decisiones claves del programa, fue uno de los principales aciertos de la campaña. Podría pensarse, entonces, que algo similar sería útil para el control de la malaria, pero ello sería desconocer la historia y las características de una enfermedad mucho más compleja y arraigada en el país. Las dificultades del programa de malaria, como se mostró, no podrían atribuirse a causas simples.
Las nuevas epidemias requirieron también innovaciones, tanto en la política de salud como en la cooperación técnica. Frente al problema del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), también la experiencia de cooperación fue exitosa. A partir de 1984, se realizaron algunas acciones aisladas, en ocasiones más por iniciativa de ONGs que del gobierno. En vista del aumento de casos desde que se detectó el primero en 1983 y dada la ausencia de protección específica y tratamiento eficaz contra el virus, en 1987 el Ministerio de Salud decidió asumir, por primera vez, un programa nacional de lucha contra el SIDA. Esto se hizo a través de la Dirección de Epidemiología a cargo del doctor Manuel Guillermo Gacharná, epidemiólogo formado en la Escuela de Salud Pública de Medellín (Ramírez, 2002). Dicho programa pretendía prevenir, diagnosticar y hacer vigilancia epidemiológica así como control directo del SIDA y de la infección por VIH para interrumpir la cadena de transmisión y evitar su diseminación (Colombia MS, 1987: 6).
La propuesta fue realizada por los grupos de Vigilancia y Control Epidemiológico y Educación del Ministerio de Salud, junto con los servicios seccionales de salud de Bogotá y Cundinamarca. En ella se contempló la creación de un Comité Nacional de Lucha contra el SIDA, el cual estaría compuesto por funcionarios del Ministerio de Salud, de los servicios seccionales mencionados, del INS y de un delegado de OPS/OMS. Como apoyo a este comité se conformaría un grupo asesor compuesto por el Jefe de Inmunología del INS, un representante de la Red Nacional de Laboratorios del INS, otro del Banco Nacional de Sangre, un delegado del Ministerio de Educación, un representante de ASCOFAME, otro de la Asociación Colombiana de Facultades de Enfermería-ACOFAEN y uno de sus homólogas para Bacteriología, Odontología, Trabajo Social y Psicología, así como un representante de las sociedades científicas. El Comité tendría como función apoyar técnicamente a una Comisión Nacional de Trabajo, la cual se encargaría de implementar el programa, así como impulsar la creación de comités seccionales, conseguir apoyo financiero para llevar a cabo el plan, además de  otras funciones (Colombia MS, 1987: 17-18 y 23-27).
Este comité contó con la participación de un epidemiólogo de la OPS que manejaba lo relacionado con enfermedades transmisibles, y formuló por primera vez iniciativas de capacitación en prevención de SIDA y de recolección de la información epidemiológica correspondiente (Ramírez, 2002). En agosto de 1988, se elaboró el primer Plan Nacional de Prevención y Control del SIDA, que organizaba acciones de corto plazo y sería coordinado por la Dirección de Epidemiología del Ministerio de Salud. Para la elaboración del plan, se conformó por resolución ministerial, un Grupo Nacional de Expertos de una composición amplia, en la que participaron representantes de la academia, de las instituciones de salud, de la Iglesia, del Tribunal Nacional de Etica Médica y de la OPS (Colombia MS, 1988a). El plan contemplaba actividades distribuidas en cinco componentes: educación continuada dirigida a personal de salud y a líderes de la comunidad; promoción y educación de la comunidad; control de bancos de sangre y hemoderivados; vigilancia epidemiológica y laboratorio; y, por último, investigaciones que deberían estar bajo la responsabilidad del nivel nacional y del comité de expertos en SIDA (Colombia MS, 1988).
Para el desarrollo del plan se realizaron asesorías de corto plazo por parte de expertos de OPS/OMS, tanto en los aspectos educativos, como de epidemiología y laboratorio. La asesoría final elaboró un informe de evaluación de este plan de corto plazo y colaboró en la preparación de un plan a mediano plazo (Colombia MS, 1988). Así pues, la cooperación de OPS en SIDA se cristalizó sobre todo a partir de 1988, no sólo por haber facilitado la participación del funcionario encargado de enfermedades transmisibles dentro del Comité de Expertos –quien ayudó a formular este plan—, sino también porque se involucró seriamente en la asesoría técnica a través de consultorías cortas, como aportes en dinero para cada uno de los componentes del Plan para 1988-89 (Colombia MS, 1988).




No hay comentarios:

Publicar un comentario